Introducción. Sobre la desindustrialización

 

Introduction. About deindustrialization

 

 

Mario Raccanello[i]

marioraccanello@yahoo.com.ar

 

 

El llamado “canto del cisne” de la industrialización sustitutiva de importaciones argentina (o industrialización dirigida por el Estado) hacia 1974 implicó el fin de un sistema socioeconómico, de un modo de acumulación, que se había iniciado al menos cuarenta y cinco años atrás. Tras el desenvolvimiento de sus dos fases, liviana y compleja, la industrialización del país sufrió una crisis macroeconómica que supo ser aprovechada por la dictadura cívico-militar posterior para implementar el recetario liberal y pretender volver a aquel percibido (hasta hoy) edén económico de fines de siglo XIX y principios del XX. A la industrialización se le adjudicaron todos los males: ineficiencia, autarquía, corrupción, retraso, incluso hasta haber dado cobijo a movimientos como el peronista. Era necesario desmantelar todo el andamiaje de política pública, social e ideológico sobre el cual se erigía. Costara lo que costara se debía volver a la Argentina agraria, de la especialización, del acoplamiento y subordinación a lo que pretendiera el mercado internacional. En este sentido, la abundancia de crédito financiero barato en el mundo podía dar marcha –al menos por unos años– a un país que dejara en el camino a aquella alianza mercadointernista de pymes y obreros urbanos; asimismo, las ideas monetaristas que pasaron a ganar la batalla cultural económica daban sustento para encarar todas estas iniciativas proclives a la desestructuración productiva.

Así entonces, a partir de la llamada crisis del “Rodrigazo” de 1975, la economía argentina ingresó en un proceso de desindustrialización que, aún habiéndose revertido transitoriamente entre 2003 y 2015 (en función del coeficiente de participación de la industria manufacturera), se ha prolongado hasta la actualidad. En la economía del año 2020, sumida en el caos de la pandemia del COVID-19, el PBI industrial per cápita se acercó a los valores del año 2003 (cuando el país comenzaba a dar sus primeros pasos tras la mayor crisis de su historia moderna), estando un tercio por debajo del pico de 2011 y, peor aún, respecto a 1974. La pregunta principal que surge entonces es: ¿cómo explicar lo que le ha pasado a la industria argentina en estos casi cincuenta años? ¿Se puede entender todo en función de la lógica de la política económica instrumentada localmente o responde también, o quizás principalmente, a las transformaciones del capitalismo internacional a partir del colapso del fordismo hacia los años setenta?

 El fenómeno de la desindustrialización no es propio de la Argentina, ni siquiera de América Latina, ni aun del mundo desarrollado. Incluso los gigantes y “nuevas” potencias como China o India lo manifiestan. Sí, en cambio, es particular de cada país el grado de desarrollo al que llegan sus economías al momento de iniciar la desindustrialización, pudiendo por tanto ser este fenómeno de naturaleza prematura, artificial y no positiva (spoiler nuestro caso).

Desde la revolución electrónica de los años ochenta hasta las más modernas tecnologías de la información y la comunicación del siglo xxi, el sector servicios ha ganado una enorme potencia en la absorción y generación de tejido productivo y empleo, en particular en el mundo desarrollado. No obstante, en gran parte de la periferia la servitización se ha alimentado de mercados laborales más flexibles e informales, sin contratapartes de aumentos de la productividad u oportunidades de exportación para actividades intensivas en conocimiento.

Claramente no podemos pensar la industria como la misma locomotora que era en términos de crecimiento, empleo, equidad, tecnología o integración territorial, en suma, de desarrollo, tal como se vislumbraba en la segunda posguerra. No obstante, tales impactos no los ha perdido, a lo sumo los ha mudado en función de las nuevas condiciones tecnológicas y culturales de la posmodernidad. Para que nuestros países desanden el sendero de estancamiento o degradación socioeconómica es necesario revertir el profundo proceso de desindustrialización experimentado. Pero si conseguimos el consenso en pos de la industrialización, ¿de qué tipo de industrialización estamos hablando?, ¿extensiva a la mayor cantidad de sectores y empresas o basada en la preselección de “ganadores”? ¿Cómo debería articularse con el sector agrario y de servicios? Y un interrogante tal vez más relevante: ¿quiénes serían los actores que se ubicarían al frente de tal reindustrialización y cuál sería el área de influencia estatal?

En tiempos actuales, donde la derecha económica ha conseguido seducir a nuevos sectores sociales, tristemente ya no sólo se debe explicar por qué es necesaria una intervención del Estado en pos del desarrollo económico, sino peor aún, por qué es importante tener industria, cuando desde esta visión ideológica, pese a su condición de apotegma aún no deja de sostenerlo, producir “acero o caramelos” es lo mismo. En este sentido, los cinco trabajos académicos del presente dossier, analizando diferentes economías –desde la argentina, brasileña y uruguaya, hasta la inglesa y norteamericana–, buscan no sólo describir el fenómeno mundial de la desindustrialización sino, más importante aún, delinear los factores económicos, políticos y sociales detrás de esta tendencia de la cual desconocemos al presente la posibilidad de su reversión.

Los primeros dos trabajos del dossier proceden a análisis de mayor escala al desarrollar el seguimiento de trayectorias nacionales en términos comparativos. En primer lugar, el artículo de Germán Herrera Bartis (unq) despliega un análisis tríptico de las desindustrializaciones de Argentina, Estados Unidos y Reino Unido. Basándose en la taxonomía del economista Robert Rowthorn –que articula desindustrialización con actividad agregada, productividad y surgimiento de nuevos sectores dinámicos–, el investigador arriba a las desindustrializaciones positivas de ambos países centrales: Estados Unidos como una derivación de su propio desarrollo económico y Reino Unido como un reajuste hacia servicios transables de alta productividad. En cambio, el caso funesto argentino es propio de una desindustrialización cuya involución industrial corre paralela a la descomposición de su economía y sociedad.

En el caso de los investigadores del ceped Juan Graña y Lucas Terranova, su artículo busca diferenciar las desindustrializaciones “positivas” de países desarrollados específicos con las “prematuras” como en el caso argentino, anclando sus observaciones en el perfil de las empresas según sus diferentes tamaños y su supervivencia a la desindustrialización. Señala, en este sentido, sus efectos sobre la productividad y los salarios reales, tomando el período que va de 1992 a 2017.

Luego, el artículo de Patricia Laría, Verónica Rama, Ivana Rivero y Joaquín Rodríguez aborda exclusiva e íntegramente el proceso histórico argentino de la desindustrialización, aunque sin perder su contraste ante las economías del resto del mundo, como su impacto (peor) sobre el mercado de trabajo. Asignándole el carácter de “prematuro” y atribuyendo como principal dinamizador de tal transformación a los cambios operados desde la política económica en su giro de 180 grados a mediados de la década de 1970, los investigadores de la Universidad Nacional del Comahue también enfatizan la preexistencia de tendencias de estancamiento y financiarización del capitalismo global hacia la época que actuaron como el telón de fondo de la crisis local de la matriz productiva. Asimismo, tratan las capacidades e insuficiencias que ha tenido el llamado por varios autores “neodesarrollismo” de las primeras décadas del siglo XXI para enfrentar la desindustrialización iniciada más de veinticinco años atrás.            

La desindustrialización tampoco puede verse como un invento argentino, con sólo observar también sus efectos sobre la economía del otro lado del Río de la Plata. Juan Geymonat, investigador de la Universidad de la República, retrata el escenario productivo uruguayo a lo largo de treinta y cinco años de iniciada su desindustrialización a comienzos de los años ochenta (interrogando aquí también el grado de oposición ante tal fuerza por parte del progresismo en el siglo XXI). En paralelo al caso argentino, la liberalización y la apertura económica provocaron la pérdida gravitacional de la industria manufacturera, como así también su primarización, concentración, centralización y extranjerización. El autor recurre a la teoría marxista de la renta de la tierra y el comercio internacional para comprender cabalmente cómo operaron tales avanzadas desde la política pública para crear una nueva economía uruguaya.

Por último, en el artículo de Daniel Pereira Sampaio y Carlos Raul Etulain (doctores en Desarrollo Económico y Ciencias Sociales de la Universidad Estatal de Campinas respectivamente), se estudia la desarticulación del eje central industrial del Brasil, el estado de San Pablo, motor regional de la antigua industrialización y que conseguiría el milagro de su economía. Siendo el mayor y más diversificado polo productivo de Brasil, la desindustrialización del estado de San Pablo (su capital más la región metropolitana) provocó graves efectos que fueron más allá de los vínculos al interior de la región para afectar la sustentabilidad misma de la economía de este país de escala continental.

Como señalara el economista desarrollista y neoschumpeteriano Jorge Katz, si bien es cierta la dificultad de integrar y adaptar a los antiguos “bolicheros” –las clásicas pymes (del conurbano bonaerense y otras ciudades) insignia de la industrialización, sobre todo liviana, del siglo XX– a la globalización económica y tecnológica del siglo XXI (que discurre entre el conocimiento y economías de escala superlativas), también es cierta, como señalaba Aldo Ferrer, la imposibilidad de encorsetar un país a su economía primaria (que prendió en el eufemismo del “supermercado del mundo”, versión 2.0 de “el granero”). En consecuencia, corresponde a la sociedad y a sus diferentes representantes advertir la urgencia por torcer la trayectoria histórica de la desindustrialización negativa que afecta nuestras tierras y más allá, para reencauzar un sendero de desarrollo integral desde lo productivo y lo humano.      

         

 



[i] Centro de Estudios de Historia Económica Argentina y Latinoamericana Instituto Interdisciplinario de Economía Política iiep-baires